Cupcakes de avena y damascos. Para niños y grandes!

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Quien no ha tenido hijos raramente imagina un menú infantil para cocinar en casa. Excepto que algún sobrino lo pida, o hijo de una amiga, o cualquier otra persona cercana que sí haya pasado la experiencia –o esté en medio del proceso– de alimentar a un niño. Y entiendo que este proceso supone varias complicaciones.

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El mundo ha girado, evolucionado y retrocedido, dependiendo del punto de vista con el que se lo juzgue. De pronto estoy entrando en esa edad en la que idealizamos el tiempo que pasó y lo recordamos asociándolo a situaciones actuales que fueron más dulces entonces, o mejor encaminadas. Si es así, no tome en cuenta lo que voy a decirle, pues es probable que me esté gustando vivir en el mundo de fantasía en el que mi madre ha preferido instalarse hace unos años…

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El punto aquí es que la comida, a mi modo de ver, es comida para todos, grandes y chicos. Durante mi infancia, la única mesa de niños que se consentía en casa era la mesa chica, aquella que se alistaba cuando los parientes llegaban a visitarnos y la grande no daba abasto. Ellos y nuestros padres ocupaban la mesa grande y los niños quedábamos relegados a una mesa de apoyo adosada a la principal o puesta en cualquier rincón para no incomodar el paso de los platos desde la cocina. Dos mesas o más, mucha gente, mucha comida: un solo menú.

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Con los años y a Dios gracias, los niños comenzaron a desempeñar roles más relevantes en el interior de la familia, a ser consultados, escuchados, consentidos, viciados. Estoy absolutamente de acuerdo. El niño debe ser una persona, ante todo, feliz! Pero claro, también es facultad de sus padres alcanzar o, en principio, pretender un estado óptimo de felicidad. Ahora me pregunto, y le pregunto a usted que es madre o padre, por qué el niño ha logrado tal protagonismo en las decisiones que toman los adultos al grado de convertir la educación en una especie de terapia en la que cada berrinche es analizado como una secuela quizá fatal de un regaño que creímos justo proporcionarle?

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Comenzamos a esconder las palabras del regaño, las verdaderas, para no crearle un complejo el día de mañana que lo vuelva contra nosotros o lo convierta en un marginado social. Lo mismo sucede en el ámbito de la comida. Escondemos los verdaderos ingredientes, para que el niño no los advierta, para no contradecirlo, para no causarle un mal mayor infectando sus almuerzos y cenas con el virus más grande que haya salido a la luz en los últimos años: el universo incomible de frutas y verduras. Transformadas en bollos fritos, tortas y galletas, rellenos indescifrables de ingredientes poco o nada sanos con una hoja escondida de acelga, en fin… verdura y fruta disimulada para que la coman sin ser advertida.

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Por qué? Mi mamá prepara un revuelto de acelga, ajo y huevo en una sartén con un poco de aceite y lo sirve tal cual, desde que tengo uso de razón y antes también. Jamás la comimos con forma de carita feliz o con nombre distinto o como personaje de un cuento que terminaba bien sólo si vaciábamos el plato. La imaginación la guardaba para hacernos reír, en eso sí no escatimaba creatividad.

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Mi madre tiene más defectos que la suya, créame. Le cuento esto para preguntarle y comprender el por qué la fruta y la verdura no es bien recibida por los niños. Si en su casa son un alimento natural y habitual, por qué el niño debería no comerlos? Cuál piensa usted pueda ser el motivo que cause este rechazo?

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Vamos a convidarles, si me acompaña, cupcakes de damascos. Y a explicarles que los damascos pertenecen a la estación estiva y que hace muy bien comerlos (corte la fruta en pequeños trozos, no la deshaga en un puré inapreciable al gusto y a la vista). Y que las harinas de este dulce son integrales, muy digestivas, y con un alto contenido de propiedades nutricionales que los van a dejar fuertes y grandes como ellos ambicionan. El niño es tan capaz de comer un cupcake de frutas como de devorar en dos bocados un plato inmenso de ensalada o medio balde de fruta y verdura recién arrancada de la huerta. Soy testigo. El suyo también es capaz de hacerlo. Educar no es consentir, es amar cuidando…

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Usted que es padre y madre, corríjame. O cuénteme por qué y desde cuándo su niño no come sano. Y cuénteme, antes de eso, qué es lo que come usted.

Cupcakes de avena y damascos

Ingredientes: (para 7-8 cupcakes)
2 huevos
160 grs de azúcar orgánico
50 ml de aceite de oliva
100 grs de harina de avena***
40 grs de harina de sésamo integral****
40 grs de fécula de mandioca
1 cdta de jengibre molido
1 cdta de canela molida
1 pizca de sal
1 ½ cdtas de polvo de hornear
300 grs de damascos picados
(peso neto del damasco sin piel y sin carozo)

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Preparación:
Precalentar el horno a fuego moderado. Untar con rocío vegetal o aceite de oliva 7-8 moldes de papel para cupcakes o una bandeja antiadherente con huecos. Recomiendo no utilizar solamente los moldes de papel, pues es muy probable que con la cocción se deformen. Colóquelos dentro de los huecos de la bandeja o de moldes individuales. Se logra mayor altura en la masa y se cuecen de manera más pareja.

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Mezclar en un recipiente los ingredientes secos. Reservar.
*** Harina de avena: Es muy simple de preparar! Triturando en licuadora potente, procesadora o molinillo la avena tradicional se obtiene de forma inmediata la harina de avena casera. Es aconsejable cernirla antes de usar para lograr una consistencia más fina.
**** Harina de sésamo integral: Tostar las semillas de sésamo muy levemente, cuando comienzan a soltar su aroma (4-5 minutos) retirar del fuego y dejar enfriar. Como en el caso anterior, triturar las semillas en licuadora potente, procesadora o molinillo. Este proceso deberá ser rápido, si continuamos triturándolas las convertiremos en mantequilla. Si se formaran grumos (por el alto contenido oleico de las semillas), disolverlos con las manos para que se integren perfectamente a los ingredientes húmedos.

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Batir en bowl separado los huevos con el azúcar hasta blanquear apenas la mezcla. Agregar en forma de hilo el aceite de oliva y seguir batiendo hasta terminar de incorporarlo.
Agregar en dos tandas los ingredientes secos a los húmedos, mezclando con cuchara de madera lo suficiente como para amalgamar la masa. Cuanto menos se bate más esponjosa resulta la masa una vez cocida.

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Por último agregar los damascos previamente picados en pequeños trozos. Mezclar bien y verter en la bandeja o en los moldes individuales.

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Llevar a horno moderado durante 30-35 minutos, o hasta que insertando un palillo lo saquemos limpio y casi seco (la preparación es bastante húmeda, es posible que el palillo arrastre siempre un poco de la humedad de la fruta).

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Retirar del horno y dejar enfriar. En este caso los terminé con un merengue italiano, pero la decoración es a gusto suyo o del niño o grande a quien van dedicados.

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El merengue italiano lo realicé con 1 clara, 80 grs de azúcar orgánico y agua suficiente como para cubrir el azúcar para hacer un almíbar a punto bolita fuerte. Mientras el almíbar se cocina batimos las claras a nieve hasta que queden bien firmes. Cuando el almíbar está en su punto justo se agrega a las claras, sin dejar de batir, en forma de hilo fino y se continúa batiendo hasta que las claras se enfríen. Por último le agregué la cáscara rallada de un limón, que combina perfecto con las harinas y el damasco y suaviza la dulzura pronunciada del merengue.

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Son riquísimos sin el merengue, así que puede servir la mitad decorados y la otra como salen del horno.

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Marisa Bergamasco
(Aficionada a la escritura, al buen cocinar y al buen comer y a los buenos y grandes cariños, de profesión agente de viajes, soñadora de vocación, por siempre…)

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