Kuchen al revés de ciruelas. Homenaje a don Fredy Raddatz Schwabe

Letras | Cocina

KUCHEN AL REVES

Para alejar el espanto dicen que hay que situarse en el camino de la belleza, situarse uno mismo allí, alojar nuestro temple y que ella se encargue de quitarle el lodo. El espanto embarra y descuida. La belleza nutre, atrae la fe, nos da amparo.

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En medio del frío habitual, con una llovizna incesante que perfila paisajes siempre verdes y espíritus resignados, llegué a Puerto Varas. Don Fredy se nos había ido hacía sólo pocas horas, y esperaba su despedida. Rodeado de flores bien arregladas y llantos disparejos todos, confiaba en que quienes lo quisimos pudiésemos llegar a tiempo.

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Desvencijada por el espanto de la muerte, eché a llorar. El silencio infinito del fin recorre un camino difícil de emparentar con la belleza. La orfandad que nos dejan los muertos es infinita. No hay como ajustarla o moderarla. Hay que asirse, sabiamente, al hilo de algún recuerdo que nos calme –sino la angustia– el agobio de llevarla consigo: bocas y ojos se hunden, el gesto se contrae, la actitud se desmorona. Sin embargo, no nada más del cielo cae la llovizna que nos abruma, ahora baja también don Fredy, está sentado en su cabecera, de costado mirando el patio, atento a la conversación que fluye sobre la mesa servida. A un punto gira y, de frente, repite esa mueca entrañable que le apretaba un poquito los labios y le abría una media sonrisa justo al lado de los ojos. Ríe a medias, pues dar el brazo a torcer hubiera sido inaudito, un signo débil, ajeno a su dura estirpe. Pero alcanza… Me dejo guiar. Prendida a esa risa cómplice hallo un atisbo de belleza y se lo dedico para darle homenaje.

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Lo llevamos hasta La Poza. Subidos a un bote sencillo recorrimos la laguna en silencio, aplastados por la belleza impasible de la vegetación que nos rodeaba. Acantilados mudos, milenarios, devolviendo la luz del sol hasta el agua en donde mi querida Eli, su tenaz compañera de vida, lo esperaba para darle asilo. Se nos fue su polvo entre las flores hechas pétalos, y volvimos a llorar.

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Cada quien a sus ocupaciones, cada quien a su rutina de antes de soltar sus cenizas al agua. Cada quien con el afán embrollado de situarse a sí mismo, de algún modo, en el camino de la belleza. Y cada quien agradecido por algún recuerdo fugaz que nos aleje el espanto, que nos reviva la fe, que nos endulce…

Para mí su risa cohibida…

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Kuchen al revés de ciruelas. Homenaje a don Fredy Raddatz Schwabe

Gran visitador de su cocina, Don Fredy preparaba platos que podrían haber alimentado a 30 personas por comida, aunque difícilmente, su propia mesa, superara los 2 ó 3 comensales. Todo en abundancia. También su kuchen al revés: un clásico de la pastelería alemana que adaptamos a cocinayletras y que dejamos aquí como homenaje.
Lo extrañaremos don Fredy…

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PD: si desea leer algo más acerca del kuchen al revés de ciruelas puede releer esta entrada: Tarta de ciruelas, coco y cedrón. In season!

Ingredientes: (para un molde redondo de 20 cm de diámetro)
Para la masa:
120 grs. de azúcar orgánico
80 ml de aceite de oliva
3 huevos
120 grs. de harina de arroz dulce (mochiko)
90 grs. de almidón de maíz
90 grs. de fécula de mandioca
pizca de sal
3 cdtas. de polvo de hornear

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Para la base de ciruelas:
750 grs. de ciruelas
120 grs. de azúcar orgánico

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Preparación:
Precalentar el horno a temperatura moderada. Untar el molde con rocío vegetal o aceite de oliva y llevar a heladera o freezer hasta el momento de utilizar.

Cortar las ciruelas en finas láminas y disponerlas en un bowl con el azúcar. Dejar macerar durante 30-40 minutos.

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Mientras tanto preparamos la masa. Mezclar los ingredientes secos: la harina de arroz dulce, la fécula de mandioca, el almidón de maíz, el polvo de hornear y la pizca de sal. Reservar.

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En recipiente aparte batir el aceite de oliva con el azúcar orgánico, agregar el huevo y seguir batiendo hasta lograr una crema suave. Agregar en dos tandas los ingredientes secos revolviendo bien hasta integrar toda la preparación.

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Volcar las ciruelas en la base del molde y sobre ellas la masa, esparciéndola bien hasta cubrir las frutas.

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Llevar a horno moderado durante 45-50 minutos, hasta que la masa se vea ligeramente dorada.

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Retirar, dejar enfriar –si puede aguantarse de esperar– y servir.

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Marisa Bergamasco
(Aficionada a la escritura, al buen cocinar y al buen comer y a los buenos y grandes cariños, de profesión agente de viajes, soñadora de vocación, por siempre…)

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